Ni una lágrima fuera de lugar

Capítulo 1

Nunca se encontró tan frágil como el día que Jörg Kaulitz, su padre, murió. Con un nudo en la garganta y su mano cerca del mango de la pistola en su funda, su hijo salió de la habitación para enfrentarse a los hombres a quienes respetó, con una buena cuota de temor, durante toda su corta vida.

¿Cómo se encuentra, señor Kaulitz? —Faust, el hombre más cercanos a su padre desde pocos meses atrás, se aproximó—. ¿Sobrevivirá?

Bill ignoró la formalidad con la que se dirigían a él: no consideró el “Señor” como una aceptación por parte suya de la muerte de su jefe y amigo. Todo era confuso, sangriento y ya no podía pensar más que en su propia seguridad.

La bala alcanzó su corazón —dijo, con la firmeza que consiguió fingir—. Se ha ido.

El resto de los compañeros de su mafia, Königtum, en trajes oscuros y rodeados por un lúgubre ambiente, bajaron la mirada. El silencio se apoderó de la habitación. Algunos movimientos se oían dentro, donde descansaba el cadáver, y en dónde el médico familiar terminaba su trabajo. Eso no podía filtrarse. Ocurriría de igual forma pero mientras más se atrasara, menor sería el peligro.

Se enfrentaba contra el mayor problema de sus veinte años: debía tomar el lugar de su padre y cumplir con las expectativas que ese puesto requería. Si no lo lograba, sin lugar a dudas, caería por fuego amistoso, bajo el techo de la casa en la que creció. Era una herencia mortal de la que no podría huir.

Aun así, había esperado por ese momento desde sus siete años, cuando dejó de ver a través ojos infantiles el verdadero trabajo de la familia. No quiso aceptarlo al comienzo, hasta que ya no pudo mantener una amistad debido a que “los padres de sus compañeros no lo consideraban buena influencia”. Lo más sorprendente era que no lo acosaban ni le ponían apodos —y aceptaba que muchos le encajaban perfecto—, al menos no lo decían en su cara. “El hijo marica del mafioso” no era práctico ni sutil, así que solo era asumido que hablaban de él por miradas furtivas.

No tenía tiempo de desmoronarse. Debía mantener los pedazos unidos, la tristeza controlada y el miedo completamente oculto. El luto era una señal de debilidad por parte de un hombre, era exclusivamente un rasgo femenino, y el silencio —mientras se planificaba una venganza— era la única forma de expresión admisible ante la muerte. Eso era la tristeza: una cuota de sangre.

Faust apoyó una mano en su hombro, procurando que se dirigiera hacia donde él quería, para hablarle de cerca. Estuvo acorralado contra él en menos de un segundo, recibiendo palabras de aliento, como si fuera un niño. No podía serlo desde ese instante.

Gracias —respondió, alzando la barbilla y enderezándose—. Comunícalo a la familia más cercana, que no salga de ese entorno. No podemos permitir que nos crean en desventaja.

El hombre respondió con estupor, porque no esperaba una orden de un chiquillo como Bill. Su capacidad para ser cabeza de todos ellos estaba en discusión. Básicamente, por su edad pero, sobre todo, por su apariencia. Había desarrollado desde su adolescencia un estilo muy particular y más llamativo entre las personas con las que había crecido. Tal vez la ropa ya se había transformado de remeras con estampados de calaveras y cadenas a trajes elegantes y entallados, pero ese último detalle era el problema. El ser hijo del jefe le daba un estatus superior al resto, aunque la mayoría desaprobara los resultados. La libertad era un concepto que su padre tomaba con suma seriedad y su herencia no merecía nada menos que eso. Por esa razón nunca se preguntó el porqué de su aceptación a una vestimenta tan poco adecuada entre hombres reconocidamente violentos. Bill era libre y su androginia podría haberlo matado si no fuera por su posición en el árbol genealógico. No lo desaprovecharía cuando le fuera indispensable tirar de algunos cabos.

Sí, señor Kaulitz. —Asintió y lo soltó, indicando al resto con un movimiento de cabeza a salir de allí, hacia las escaleras.

Recibió los usuales gestos de pésame, palmadas en la espalda y manos, hasta que el pasillo que daba a las habitaciones quedó vacío, igual su mente. Se dejó caer hacia atrás, chocando contra la pared y miró al techo. Con una profunda inspiración, dejó que los pulmones se expandieran y se llenaran de tristeza para suspirarlas. Tal vez alguien en esa maldita casa repleta de basura pudiera absorber alguna emoción humana.

Se percató, en ese momento, de la sangre que cubría sus manos y chaqueta: había intentado, mientras viajaban de vuelta desde el lugar del incidente, de tapar la herida, de cortar la hemorragia, pero era demasiado profundo. Aun si esperaban una ambulancia o lo llevaban a un hospital, no habría sobrevivido. El hombre que le disparó tuvo una sola oportunidad y no la desaprovechó. Había sido uno de esos jodidos pandilleros, sin dignidad ni códigos; nada de cortesía, solo un desastre de balas. Estaba seguro de ello.

El silencio en esa casa lo sofocaba, le traía recuerdos que no podía tolerar en esa situación. Cuando era así, una enorme tormenta se desataba. Pero un apresurado correteo causó que abriera los ojos. Sabía bien quién era y sus lágrimas cayeron libremente cuando Tom, su hermano gemelo, llegó agitado al pasillo, con el traje arrugado y sus rastas negras fuera de lugar. Sabía lo que había ocurrido, no tenía duda: aunque no se lo hubieran dicho, su conexión era tan fuerte que las palabras eran innecesarias. Tom no había permitido escuchar nada de nadie, solo de su hermano. Al verlo frágil, sin esconder las lágrimas, la ira se acumuló en su cuerpo. Sus puños se cerraron y un grito se agolpó en su garganta. De un solo golpe, hundió los nudillos en la pared, haciendo saltar pedazos de pintura y cemento, dejando una mancha roja impregnada como una huella.

En un impulso, Bill se levantó y lo tomó por los hombros, desde atrás, casi desesperado por arrancar los pedazos de piel perdidos por el impacto. Lo abrazó, protector, arrugando su camisa entre sus dedos.

Se ha ido…

Ellos no conocían el dolor de la verdadera pérdida. Su madre había muerto cuando eran bebés. Crecieron juntos, inseparables, como buenos gemelos que eran, y su padre se ocupó de entrenarlos. Dividieron, sin embargo, sus personalidades. Necesitaban independencia, libertad. No fueron bien recibidos al principio, aunque nunca se dijo una palabra: las miradas eran suficientes. Esa casa era un hogar para ellos, siempre y cuando su padre mantuviera el control en aquellos hombres y sus familias.

El médico salió cauteloso por la puerta: ellos, instantáneamente, se separaron. Habían crecido como pequeños actores. Bill era conciente de la expresión de póker que debía mantener frente a la violencia o la estupidez. Tenían bien logrado el control de la empatía, pero él no era un asesino a sangre fría. El único bien que podía sacarle a la muerte de su padre era el tratar de revolucionar esa sociedad, un aspecto a la vez.

En pocas palabras, el médico les indicó que esperaran allí. El cuerpo no podía seguir en la casa. La familia era extremadamente religiosa y el cadáver debía ser tratado con respeto: nada de cremar, ni donar órganos ni salvar vidas con la muerte de un integrante. Tendría el mejor funeral dentro de lo que el secreto permitiría, flores exóticas, un ataúd a la medida y la lápida bañada en oro si era posible. Un cementerio privado era lo básico, porque aquel que se ocupó de aniquilarlo también intentaría deshonrar la tumba. Bill rogaba que ocurriera, solo para ver caer al hijo de puta que le disparó con tanta puntería al corazón de su padre.

Nadie había subido con ellos aún, ni se escuchaba nada fuera de su respiración. Podían sentir en el otro la ira, la tristeza, el impacto de la pérdida y la intriga por el futuro. Ambos compartían culpa injustificada. Tom rompió el silencio, apoyando la frente y un puño que aferraba un paquete de cigarrillos contra la pared, estático.

Esto no habría pasado si yo hubiera estado allí.

Creeme, Tom —comenzó Bill, sin tomar la insinuación de su inutilidad en la situación como un insulto—. No habrías podido hacer nada.

¿No viste a nadie? ¿Nada? —Insistió su hermano, dando un paso hacia atrás—. ¿Fuiste entrenado para esto y, de pronto, estabas ciego?

¿Qué estás insinuando? —Había vuelto a sentarse en el suelo, y evitó levantarse porque era capaz de romperle la cara.

¿No viste nada? —Atacó, repitiendo las mismas palabras—. Es extraño.

Por supuesto que es extraño, idiota —Bill se incorporó—. Fue evidentemente un golpe profesional, ¿acaso esperabas que se parara frente a los guardaespaldas, gritando “Hey, atrapen esta”, antes de disparar?

¡Debiste recibir esa bala!

El silencio se apoderó de la habitación: Bill comprendía qué había intentado decir en realidad, porque no necesitaban palabras para entenderse, pero el inconsciente obraba de igual manera con ambos.

¿Preferís mi muerte a la de papá? —No pudo ocultar el dolor en su voz.

No, no quise decir eso…

Por supuesto que no, pero eso dijiste —Bill quitó con brusquedad el paquete de cigarrillos de su mano—. Prueba que me considerás culpable.

Papá nos entrenó para defendernos…

¡Jodete, Tom! —Golpeó la parte trasera del paquete, sacando uno solo, y lo acercó a su boca—. Alguien prácticamente invisible para los ojos de todos los guardaespaldas, con excelente puntería, disparó y mató a papá y, de alguna forma, logras que parezca mi responsabilidad. Soy su hijo, no su protector. Debían protegernos a todos y no lo hicieron.

Yo habría saltado frente a la bala.

¡Ni siquiera vi la jodida bala, Tom! —gritó, arrojando la caja a la pared, con la mayor violencia que pudo—. Escuché el impacto y sentí a papá caer detrás de mí. Lo vi en el piso y solo al ver la sangre entendí.

Alzó sus manos en un gesto al hablar y en ese momento Tom observó la sangre que comenzaba a secarse en sus manos. Bill la había olvidado, pero quedaría grabada en su mente por mucho tiempo. Tom no solía perder la expresión helada que lo caracterizaba, pero estaba arrepentido. La sola idea de ver a su hermano menor cubierto de sangre le aterrorizaba más que nada en el mundo. Bill podía leerlo como un libro abierto, aun si no se estuvieran mirando.

Ahora mismo, te necesito a mi lado —continuó, tomándolo del hombro—. Debemos permanecer juntos, porque Faust quiere el trono del imperio desde el momento en que Listing murió. Con lo poco que sabemos, pudo haber sido su plan.

¿Faust? —Miró a su alrededor, escandalizado, buscando ojos curiosos—. Bill, joder… No digas esas cosas con tanta calma. Van a pensar que planeamos algo y así de fácil vamos a terminar en nuestras tumbas antes siquiera que papá.

¿Y si hay una rata en la casa? —Planteó, sorprendido de no haberlo pensado antes.

No empieces con la paranoia, Bill.

No, escucha… —Se aproximó aún más—. Nadie sabía a dónde íbamos. Era un encuentro totalmente anónimo y los negociantes no sabían que papá iba a ir personalmente. Ni siquiera pudo ser un golpe suyo, porque no habría tiempo de que fueran advertidos. La única explicación es que alguien en la casa o en los alrededores se enterara, lo viera y alertara. No hay otra posibilidad.

Habló en susurros, cerca, cauteloso: la idea le emocionaba y espantaba a la vez. Podía tener al asesino de su padre en las narices y, sospechándolo, se encontraban cada vez más cerca de atraparlo. Tom solo reflexionó y miró a su gemelo a los ojos.

No le digas esto a nadie, ¿me escuchaste? —advirtió con autoridad, apoyando su palma en el pecho—. Esta conversación, las sospechas y posibilidades no salen de este pasillo.

Creo que estoy en lo correcto, Tom.

Por eso mismo, cállate la puta boca —Sacó un encendedor de oro de su bolsillo, para encender el cigarrillo de Bill al momento de llevarlo a su boca nuevamente—. Una rata está bien preparada y cuando se siente perseguida, va a huir.

Ese es el momento en que la atrapamos…

Sabés que no es tan simple. —Se volteó, acomodando la chaqueta sobre sus hombros.

¿A dónde vas?

Necesito dormir, Bill —dijo, entonando cada palabra como una advertencia—. Nos espera un largo día mañana.

Con un rápido movimiento, le quitó el cigarrillo de los dedos y se lo llevó consigo. Intentando disimular su decepción al ver a su hermano irse, Bill suspiró y se recostó contra la pared, dejándose caer una vez más al suelo. No iba a dejar que su mente le diera vueltas al asunto: él no había sido el culpable de la muerte de su padre. Hasta le había insistido en que se quedara en la casa, que podía ocuparse solo de los negocios. Aun así, alguien fue invisible ante una mafia profesional y eso no podía ser ignorado.

&

Ya en su habitación, un piso más abajo, Tom solo podía agradecer el momento de paz. Sin embargo, tenía a alguien más en mente. Escuchó golpes en la puerta, apurados y nerviosos, pero ordenados de tal forma que armaban un pactado código secreto. Sabía quién era y abrió sin dudar. Ahí estaba ella, despeinada y agitada, a la puerta de su habitación, como una aparición o un milagro materializado en el momento justo. Tom no sabía que ella lo necesitaba tanto como él.

Andreja… —murmuró Tom, con una intimidad que solo él comprendía—. Rápido…

Tomó su mano y tiró de ella para que entrara antes de que nadie viera. Ojeó el exterior para confirmar que el pasillo estaba vacío antes de cerrar con el mayor silencio posible.

Lo lamento tanto… —Ella temblaba como una hoja, parecía a punto de una crisis—. Tanto.

Tranquila—Tom la sostuvo en brazos, aún en la oscuridad—. Sé que también lo querías.

Es horrible, no puedo… —Un sollozo ahogó sus palabras.

Deja de temblar —Ordenó. No quería sonar brusco, pero aún no podía entender lo que era dar una respuesta afectiva de tal intensidad como la que experimentaba cerca suya—. No puedes aparecerte así de pronto hoy, está la familia entera.

Lo siento, lo siento… —Siguió repitiendo, tapando su cara.

Tom intentaba contenerla, acallarla; la casa estaba demasiado alerta como para esconder que estaban juntos, solos, en una habitación a oscuras. Su círculo más cercano de amigos estaba al tanto de su relación, pero si una sola persona más se enteraba, Andreja aparecería muerta.

Deja de temblar —La tomó del rostro y la sacudió suavemente—. No te disculpes. No tuviste nada que ver.

De alguna manera, Andreja se soltó del agarre y lo besó con tanta intensidad que dejó de temblar por unos segundos. La rodeó de la cintura y dio un paso hacia adelante, pero se chocaron contra uno de los muebles: el ruido pareció hacer eco. La casa estaba infestada de los hombres que despreciaban su relación. Esperaron en silencio a que alguien entrara y los descubriera abrazados, pero nadie interrumpió. Estaban a salvo, y en algún momento dejarían de estarlo; pero el riesgo, ahí en los brazos del otro, valía la pena.

Continuará

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